viernes, 20 de agosto de 2010

"Aquí siento que empiezo de nuevo"

Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página/12

La primera presentación en la Argentina de Nando Reis e Os Infernais es una muy buena noticia, porque refrenda el hecho de que en lo que va del 2010 muchos artistas brasileños hayan visitado el país para presentar diversas historias musicales sobre un escenario. Durante el año fueron de la partida Caetano Veloso, Do Amor, Cidade Negra, Autoramas, Lucas Santtana y Zeca Baleiro, entre otros. Y los recitales que hoy y mañana (a las 21.30) brindará el ex bajista y fundador de Os Titàs en Notorius, Callao 966, además de saldar una cuenta pendiente con el público amante de la música brasileña, es una oportunidad perfecta para conocer el costado rockero del país vecino. En el caso de Reis, Drês, el último eslabón de su tupida carrera discográfica, es la excusa para volver a un país que no visita desde hace quince años, cuando tocó de invitado en un recital de Paralamas. “Llegué ayer y todavía no vi nada”, confiesa de entrada. “Está muy bueno venir a la Argentina porque siento que es empezar de nuevo. Voy a tocar para poca gente, algo que en Brasil no pasa. Es muy importante no quedarme fijo en donde estoy. No quiero quedarme quieto y pensar que soy un rock star”, afirma el cantante y líder de Os Infernais, la banda que lo acompaña desde hace casi ocho años. El arribo de este artista fundamental en el devenir histórico de la música del Brasil es la oportunidad para escuchar un repertorio único e inimitable, un repertorio que él denomina como un “universo”.

–¿Por qué tardó tanto en volver a la Argentina?

Nando Reis: –Es una pregunta que tendrían que hacerse los argentinos, porque aun cuando estaba con Os Titàs, nuestra carrera nunca había sido fuerte fuera de Brasil. Esa banda nunca fue interesante fuera de nuestro país. Siempre pensé que el idioma era una barrera en el resto de América latina para la banda, pero tampoco nosotros hicimos un esfuerzo para romper con eso. Ahora se van a cumplir ocho años de la separación del grupo y yo necesité de mucho tiempo para consolidar mi carrera solista en mi país. Allí hay una especie de preconcepto con los artistas de rock. Pero también tardé en venir porque hasta hoy no había recibido ninguna propuesta seria.

–¿Por qué existe ese preconcepto?

N. R.: –La música brasileña siempre fue productora de sonidos como la bossa nova, la samba y algunos géneros más. Por eso siempre existió un preconcepto para con los que hacían y hacen rock.

–Y fuera de su país, ¿cree que no le dieron la importancia que merece una trayectoria como la suya?

N. R.: –La verdad es que a veces no sé muy bien qué es lo que pasa conmigo fuera de Brasil. Recuerdo que hace unos años fui a tocar a Portugal y no había pasado nada. En Portugal, como en Brasil, existe un circuito cerrado. En mi país tengo una estructura, mi banda, y necesito dar trabajo a mí y a mis compañeros. Por eso nuestros recitales están concentrados allí.

–Los discos de su etapa solista, como también con la de su grupo anterior, parecen estar más influidos por un estilo extranjero que por el folklore brasileño.

N. R.: –En lo que hago, la música brasileña no está presente implícitamente en la sonoridad. Mi música es una combinación de varios elementos, de varias sonoridades. Soy muy admirador de la música de los ’60 y ’90, pero no necesariamente mi música tiene que ver con eso que escucho. Ese es mi objetivo: que también esas influencias se escuchen en las canciones, pero de una manera sutil.

–Drês, el disco que presenta esta noche, parece acentuar su costado más rockero.

N. R.: –Exacto. Es que este disco lo produje con Carlos Pontual (guitarrista de Os Infernais) y tiene un sonido de banda en vivo. Con él decidimos privilegiar el sonido de las guitarras, sean acústicas o eléctricas. No creo que sea un álbum rockero, pero sí tiene mucha presencia de guitarras eléctricas. Son detalles, características de las composiciones que nos permitieron ir por ese camino. Mi música acepta errores. Es muy gracioso cuando la gente, por la calle, me dice que hice un disco de rock, cuando durante veinte años toqué esa música. De todos modos, lo entiendo, porque muchas de mis canciones se hicieron famosas a través de cantoras y eso hizo que mucha gente se sorprendiera con este disco.

–¿Podría confesar cuál es la idea que atraviesa el disco?

N. R.: –Drês es una palabra inventada, un juego de palabras entre “Tres” y “Dri” (así llamaba a su novia Adriana). Estaba muy enamorado y empecé a componer. Antes de grabar ya tenía compuestas catorce canciones y, originalmente, este disco iba a ser para ella. Pero después me separé (risas). Y todo tuvo que cambiar. Y aunque en ese momento entraron otras canciones, quería mantener la idea del disco conceptual. Quedaron algunas de las que tenía antes de entrar a grabar. Y si bien la obra terminó siendo otra cosa, creo que mantiene el espíritu de la primera idea.

–A veces, en la Argentina se habla muy bien sobre los avances de las políticas culturales del Brasil. Como hombre de la cultura brasileña, ¿qué opinión tiene al respecto?

N. R.: –Yo nunca recibí un centavo (risas). En Brasil hay muchos artistas que están representados por empresas privadas como Petrobras. Pero para mí es diferente: cada centavo que gano es por venta de discos o por recitales, nada más que por eso. No recibo el apoyo de nadie, salvo el de la gente que tengo alrededor, pero disfruto de esta autonomía. Puedo darme el gusto de tocar en un pueblo pequeño, en todos los lugares que pueda del interior. Y me adapto si no hay un buen sonido ni las mejores luces; porque, para mí, lo más importante es llegar a todos los lugares que pueda. Lo que sí hay de bueno con respecto a la cultura es que los pueblos chicos también pueden disfrutar de artistas grandes, que no irían si no existiera un apoyo.

domingo, 15 de agosto de 2010

"Trato de no contar todo el cuento"

Como Avellaneda Blues es un blog nuevo, comienzo a subir algunas de mis notas en Página/12. Aquí va una entrevista con Richard Coleman, publicada el 6 de diciembre 2008.


Esta vez hay un cementerio gris, amargo, un par de lápidas apretadas en un contorno ovalado. Debajo, una inscripción: Carnaval de fantasmas. ¿Carnaval? ¿Fantasmas? ¿Una fiesta? Es que 7 Delfines es prácticamente eso: una conjunción de festividad y desencanto. Ya lo habían demostrado en la poética de Dark (1997), un disco ácido, irónico. Sin embargo, lo que pergeñaron Richard Coleman (guitarra y voz), Diego García (guitarras), Germán Lentino (bajo) y Braulio D’Aguirre (batería) fue un sinfín de sonidos que la banda no experimentaba desde su debut en 1992. Dentro de la obra del grupo, Carnaval de fantasmas parece ser el disco más espontáneo, más actual, menos urgente. Ocho años después de Aventura, Carnaval... es un álbum raro: está compuesto de baladas negras y una dosis de rock sinfónico. La portada, ese cementerio rodeado de un blanco aséptico, parece expresar un planteo de contrariar. Es parte de esa magia de la que habla Richard Coleman –ex Fricción y Metrópoli, integrante de la banda de apoyo de Gustavo Cerati para Ahí vamos– sobre la mesa del bar de La Trastienda, donde hoy presentan las canciones nuevas.

–¿De qué se trata esa “magia”?

–Siento que hay un espíritu atrapado en las canciones, una magia increíble. Son tan genuinas en la ejecución, que ese instante quedó atrapado en el disco y me siento orgulloso de eso. El tipo que no sabe cómo está grabado no le importa esto que digo. Pero hay algo en el color, en la calidez, en la calidad de esos temas que son maravillosos. Y eso para nosotros era muy importante que quedara registrado.

–La letra de “Parece que hay lugar” sintetiza la carrera de 7 Delfines. ¿Siente que todavía no encontraron el lugar merecido?

–Yo no sé muy bien qué lugar ocupamos. Sé que hay un lugar. Por ahí con este disco espero que podamos tocar para más gente. No por el disco sino porque tenemos buenas canciones. Con respecto a la letra del tema, puede ser que tenga que ver con el lugar a establecernos definitivamente. Igual yo dejo que las canciones las complete el que las escucha. Si a alguien le estimula por ese lado, mejor. Siempre dejo que las letras las interprete la gente. Trato de no contar todo el cuento, que lo termine el que escucha. Eso es lo que trata de hacer la banda: dejar que el público participe de esa manera. En la letra cuento la vida de un individuo que no encuentra su lugar, pero tiene que adaptarse. Se puede proyectar a muchísimas lecturas. Con varias canciones pasa lo mismo... siempre hay una lectura personal que yo espero que sume. Y eso, lo que dice la gente de un tema, cómo lo interpreta, hace a la canción mucho más grande.

–Hace poco dijo que este disco los iba a llevar a la masividad. Pero también lo había dicho en la presentación de Aventura. ¿Cuándo va a llegar entonces la masividad?

–(Risas.) Soy un hombre que me contradigo. Si como rockero pierdo eso, estoy perdiendo una herramienta verbal importante y estimulante. Hace tres años aceptaba la idea de ser masivo, y ahora reniego de eso. A mí me parece que si hubiera lugar culturalmente para convivir todos como artistas, no estaría hablando de esto ahora. No es fundamental artísticamente ser masivo, lo que es fundamental es tocar, exhibirse. Se trata de poder compartirlo con la mayor cantidad de gente posible. Hacemos canciones y tenemos que mostrarlas. Pero no somos sólo una banda de canciones, somos una banda de discos. Si yo la guardo en mi casa, la canción no sirve para nada. Suceda lo que suceda vamos a seguir haciendo discos. Por ahí el próximo lo saquemos dentro de un año o diez. Eso no importa. Lo que me garantiza que éste sea un buen disco de 7 Delfines es que yo pueda dormir y estar tranquilo. No garantiza que lo escuche más gente, que se venda más o que vaya más gente a los recitales. Estuvimos llevando más gente durante estos últimos cuatro años que ahora que tenemos disco nuevo.

–¿Le da bronca que la prensa siempre lo catalogue de “oscuro”?

–No, todavía no me molesta. Pero se van a enterar cuando me dé bronca (risas). El lugar oscuro me lo gané. Es un bien ganado. En un punto nos sirvió para que nos pusieran en algún lugar. En mi corazón artístico sé que hacemos otra cosa, pero sé que la carga poética y musical nuestra es oscura y romántica. Ahora de ahí a ponerme la etiqueta de oscuro o gótico es otra cosa. Esto empezó un poco con Dark. Hay gente que no se dio cuenta de que yo salgo cagándome de risa en la contratapa de ese disco. Me daría bronca que nos cataloguen como banda pop. ¡Hay gente que piensa que somos una banda pop! Eso sí me da bronca. Nosotros somos un grupo que hace canciones de rock. Punto.

En 2003, 7 Delfines estuvo de vacaciones. Unas vacaciones bastante forzadas por los viajes de su cantante. “Estuvimos parados casi dos años, pero fue una buena previa. Durante 2004 empecé a componer, experimentando con canciones, otro tipo de arreglos. Y también empecé a trabajar solo, apartándome de lo que era el formato de la banda. Componía de acuerdo con lo que la canción pedía, a lo que mi necesidad como compositor me llevaba. Empecé a probar con teclados, con un sonido más parecido al del rock sinfónico, algo que quería experimentar desde hacía mucho. Desde 2005 para acá estuvimos tocando periódicamente cada dos meses, para que la dinámica del show no se perdiera.

–Después de diez años de tocar juntos, ¿encontró el equipo más sólido posible?

–Sí, es irrefutable. Desde que empezamos en el ’98 con esta formación siento que somos impresionantes. 7 Delfines es un equipo de rugby. Es tremendo lo de los chicos. La comunicación que tenemos, esa magia que supimos capturar en este disco, y la relación que tenemos es casi familiar, perfecta. El sonido de la banda no es consecuencia de los arreglos, de las canciones o de cómo toca cada uno: es el resultado de estos diez años.

En 2005, un Coleman sorprendido se encontró con una carpeta. Dentro de ella hay unas hojas sueltas con bocetos de casi 20 canciones, que inmediatamente presentó a sus compañeros de banda: “Si tienen ganas, podemos empezar a tocarlas”. Algunas no daban con el tono del grupo. Otras, apuntaladas sobre un estribillo machacante, quedaron en la nada. En la carpeta aparece “Carnaval de fantasmas”, bastante distinta a lo que estaba haciendo el grupo. Sus compañeros dijeron: “Es un temazo”. Por esos días también terminan de darle forma a “Subsonido”, la mejor canción del disco. “‘Subsonido’ empezó siendo una mezcla de electrónica y mi voz. Tenía una base con la letra. Y los chicos me insistieron para que metiera las guitarras, y así quedó muy rockera. Es muy raro cómo empezó esto porque los chicos se engancharon cuando escucharon ‘Carnaval de fantasmas’, un tema demasiado lento y extraño.”

–Es raro que les haya sorprendido ése y no otro más rockero.

–Sí, pero yo trabajo con 7 Delfines porque tenemos una comunicación muy importante; justamente lo raro, lo difícil, es lo que nos incentivó a hacer este disco y a querer hacer algo diferente. Si se filtra algo nuevo no es tan jodido. Lo que pasa es que el músico se vuelve loco con esas cosas, y se va deformando, se agarra la cabeza y va depurando todos los sonidos y al final se pierde todo. Y en la misma sala, sin auriculares, escuchándonos, apareció esa magia de la que hablaba, algo que sucede de la comunión de cuatro músicos tocando en un mismo lugar, una mística. Si había algún fantasma era muy probable que lo pudiéramos atrapar, y lo percibo cuando escucho el disco. Escucho mucha gente que dice “cómo tocan los Delfines”, “qué bien que estás cantando”. Pero eso, hasta ahora, no había sido grabado, entonces quisimos hacer eso: captar toda la energía.


–Tuvo la última palabra a la hora de decidir sobre las canciones. ¿Se convirtió en un productor tirano?


–(Risas.) Cuando uno compone se encariña con lo que tocó y arregló. Y eso uno quiere que esté. La responsabilidad de elegir los temas recayó sobre mí, y tuve que ser cruel a la hora de optar. A partir de ahí tuve que desarrollar un filtro, prioricé lo que quería, cuál era el objetivo. Quería un disco corto, de diez temas, no más de 45 minutos. Quería hacer un álbum como si fuera un LP, que tenga dos caras y que cuando lo termines de escuchar te dieran ganas de volver a escuchar la cara A. Un disco que pasara rápido. Y así, en el estudio, me transformé en el loco de la motosierra; empecé a serruchar muchos temas. Empezamos con 24 canciones y grabamos 14. Lo que trato de decir siempre es que es un disco para melómanos.

–¿Qué van a hacer con las canciones que quedaron afuera? ¿Subirlas a Internet?

–No, como decía, somos un grupo que hace discos. No nos interesa subir un tema solo. A mí no me suma ni me resta. Estuve subiendo pedacitos de temas, con muy buenos resultados. Con eso de bajarse música no estoy muy de acuerdo. Me enojé mucho porque el disco salió un lunes a la noche y el martes a la mañana estaba colgado en una página. Me puse muy mal. Después se me pasó. Para mí es una falta de respeto hacia todo 7 Delfines. Me da por las pelotas: además que no lo garpan, está lo que sufrí haciendo el arte de tapa: semanas enteras pensando cómo íbamos a presentar el arte. Y eso les chupa un huevo. Yo no lo apruebo. No es porque busque una moneda. Que tuvieran la decencia de esperar que el disco estuviera en la calle...

–Pero si Carnaval de fantasmas es un disco para melómanos, el melómano lo va a comprar.

–Sí, es una conclusión que saco después de toda esta mierda. Pero si uno se baja el disco sólo para tenerlo, como un fetiche, no me interesa ser amigo de esa persona. En mi casa está prohibido bajarse cualquier cosa. En casa de músico no se baja música de Internet. Me indigna. Pero que hagan lo que quieran, si quieren subir fotos mientras están cagando, que lo hagan, yo no las voy a mirar. Me parece una grosería.

sábado, 7 de agosto de 2010

Carta a la madre

“Mi madre”, el nuevo libro de Richard Ford (nuevo aquí en la Argentina, ya que en Estados Unidos fue editado en 1988), es una maravilla. Disculpen el adjetivo, pero la nueva obra -un opúsculo de apenas 80 páginas- de este imprescindible escritor norteamericano confirma que está a la altura de un Ernest Hemingway o un Thomas Pynchon. Por lo que dice la biografía del autor, “Mi Madre” fue escrito dos años después de “El periodista deportivo”, la novela fundamental para entender la obra del escritor que nació el 16 de febrero de 1944 en Jackson, Mississippi.

Comencé a leer a Richard Ford por un conocido. Él lo había citado en varias oportunidades en su página personal de Internet y, luego de sufrir una decaída literaria (es un período que dura uno o dos meses, todos los años de mi vida), me topé con un ejemplar de “El periodista deportivo” en una librería de saldos de la Avenida Corrientes. Por aquel entonces yo comenzaba a estudiar periodismo en la escuela TEA, y la novela de Ford se transformó en el manual de grado. Que no se mal intérprete: ese libro me enseñó a pensar el periodismo de otra manera. Y por sobre todas las cosas, fue un libro de enseñanzas de la vida. El personaje principal, Frank Bascombe, continúa siendo uno de mis pocos ídolos.

Pero aquí me senté para escribir sobre “Mi madre”. Principalmente, es un libro conmovedor. Está escrito luego del fallecimiento de la madre de Richard Ford, después de un cáncer galopante. En el transcurso de esta ¿biografía? se me venía a la cabeza la “Carta al padre”, de Franz Kafka. No era un ejercicio comparativo, sin embargo parecía la cara de la otra moneda. Ford le reprocha a su madre no haber sido feliz. Él, en cambio, en ningún momento se culpa por algo. El autor estadounidense dedica un segmento importante del libro a su progenitor: “Luego murió mi padre y eso cambió todo, y en lo que a mí respecta y por extraño que parezca, en muchas cosas para mejor”.



Ford escribe reconstruyendo un rompecabezas infinito. Es decir, el libro está hecho con pedazos, recuerdos imprecisos, olvidos generales. Abundan las expresiones “no recuerdo”, “no sé qué”, “nunca he sabido”, “quien sabe por qué”, “no sabía entonces ni sé ahora”, “nunca supe”, “no estoy seguro de si ella…”, que permite a los lectores construir una figura materna un tanto frágil y delicada ("Ella se oponía. Pensaba que estropeaba las vidas, que lo echaba todo a perder"). Otro de los pasajes interesantes del libro es la relación que tiene el hijo "escritor" con su madre: "Observaba mis esfuerzos para ser escritor y no terminaba de entenderlos. ´Pero ¿cuándo buscarás un trabajo y te asentarás?´.

Copio dos párrafos que servirán para dibujar mejor la figura de la madre: "Richard -decía-, nunca conoceré la felicidad plena. No está en mi naturaleza. Concéntrate en tu vida. Déjame sola. Yo me ocuparé de mí". Otro: "Una vez me dijo que en un ascensor una mujer le había preguntado: ´¿Tiene hijos, señora Ford?´A lo que ella respondió: ´No.´ Y luego pensó: ´Bueno, sí, tengo. Está Richard´".

Una de las imágenes memorables de este libro editado por Anagrama es cuando, sobre el final de la vida de Edna Akin, ella se sienta junto a su hijo, en una charla que –supongo- el autor pinta como la última y más importante de la relación con su madre. El autor nos pone en un aprieto. Hay pocas escenas en el libro donde Ford muestra un afecto para con su madre. El primero es cuando la busca desesperadamente por todo el vecindario, y la encuentra en el departamento de un hombre (a esa altura, el padre de Richard ya había muerto). Acaloradamente, le reprocha: “Sólo quería que me avisaras dónde estabas”. La segunda demostración de afecto es sobre el final, donde Ford desliza un liviano “Te quiero”, cuando él ya conoce el destino que le tocará en suerte a su madre. Uno de los párrafos finales dice así: “Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Esto es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar”. Y sirve, definitivamente, como resumen superior de una obra pequeña pero no menos magnífica.

jueves, 5 de agosto de 2010

La irresistible tentación de volver al pasado

Nota publicada en la sección Cúltura y Espectáculos, del diario Página/12, en febrero de 2009. Ya pasaron un año y seis meses.

En la oscuridad plena: el silencio. Después, un grito. Y todo se vuelve azul, azul transparente. El reloj marca las diez pasadas. Una media hora después de lo previsto, un atronador rugido de batería se escucha, casi pidiendo permiso. Suena la banda, rutilante, amenazadora. Y todo se apaga. Alanis Morissette canta algo dulce, emancipador, sentadita en el borde, sin que nadie pueda verla, rodeada de una penumbra absoluta. Todo parece retroceder unos minutos. Y es que hay diferentes maneras de volver al pasado. Una es revolviendo canciones. Las que están en el cerebro, o las que están guardadas en los anaqueles más altos, aquellos inalcanzables, que parecen, a veces, estorbar. Eso es a lo que apela esta canadiense, o lo que intentan, denodadamente, sus canciones y su forma de interpretarlas: volver a un pasado que estaba olvidado.

Sobre el escenario están ella y cinco músicos más. Es Morissette la que brilla, quiebra la cintura, sacude la cabeza, sus pelos revueltos, y hace bailar a un estadio repleto. Sus músicos parecen saltimbanquis en pleno éxtasis circense: saltan, se chocan entre ellos, son rudimentarios. Los dos guitarristas son acompañantes menores, accesorios, pero la banda toma impulso cuando ella toma una de seis cuerdas y el formato de tres guitarras transforma el sonido. Y también al recital.

En el Luna Park hay siete mil personas. El público aprueba una pirueta tonta: Alanis moviendo la cabeza para todos lados, al compás de la batería y el riff machacón de las guitarras. Un gesto punk. Eso es al inicio del show, en “Uninvited”, cuando ya hay demasiada transpiración en el cuerpo de esta muchacha (si Madonna es la reina y Britney la princesa, ¿qué será Morissette?). La tensión está en las luces. Pero también en el desparpajo y la actitud de esta cantante con unos agudos envidiables. El repiqueteo de la batería de Víctor Indrizzo, los graves del bajista Cedric Lemoyne, las ambientaciones que salen de los teclados de Vincent Jones y las guitarras de Jason Orme y David Levitt, ayudan a mantener en vilo a un público que, durante todo el show, se mantiene expectante.

¿Canciones? Aparecen las que la llevaron al estrellato (“Head over feet”, “You oughta know”, “Hand in my pocket”). Por esas coincidencias de fechas y caprichos de algunos periodistas, en Estados Unidos la etiquetaron como estrella grunge (Jagged little pill fue editado en 1995). Algo puede apreciarse en el Luna Park: pantomimas ampulosas, saltos desde las tarimas. La voz de Morissette no sucumbe en los largos agudos finales, y es apoyada por una contundente base rítmica que no la abandona nunca.

La excusa de esta gira sudamericana es presentar su nuevo CD: Flavors of Entanglement. Pero de este último disco sólo suenan “Tapes”, “Moratorium” y “Versions of violence”. Lo mejor del show es el repaso histórico. “You learn”, “Ironic” y “Thank you”, son el tridente final de un concierto de pop y rock con exceso de ademanes, pero bien ejecutado. Morissette se retiró del escenario taconeando, dejando atrás una dolorosa vuelta al pasado, una inmensa empatía con su público, una promesa de regreso.

miércoles, 4 de agosto de 2010

"Nunca seguimos la corriente"

Entrevista a Janick Gers, guitarrista de Iron Maiden, publicada en el diario Página/12 en marzo de 2009, con motivo de la presentación de la banda en el estadio de Vélez Sarsfield, en el marco del festival Quilmes Rock.

¡Esas tapas! Primero se vio a un trastornado mostrando su horrible dentadura; después a una calavera surcando un cielo plomizo de ciencia ficción, y luego, soldados destrozados al costado de un descampado. Iron Maiden, el grupo conformado por el cantante Bruce Dickinson, los guitarristas Adrian Smith, Janick Gers y Dave Murray, el bajista Steve Harris y el baterista Nicko McBrain llega (¡otra vez!) para presentar hoy en el estadio de Vélez Sarsfield todos sus clásicos, en la segunda jornada del Quilmes Rock, junto a Sepultura, Lauren Harris Band y los créditos nacionales de O’Connor y Horcas.

En una comunicación telefónica, con una voz serena, el guitarrista Janick Gers (ex White Spirit) habla del país: “Siempre que fui a la Argentina tuve una estadía excelente. En los ’90 vimos una ciudad hermosa. Es increíble cómo la cultura está presente en el ambiente de Buenos Aires, eso siempre lo recuerdo”. A pesar de la declaración, el predicamento de Iron Maiden no llegó a influir a gran parte de la escena heavy metal argentina. No como lo hicieron AC/DC, Led Zeppelin, Black Sabbath o Mötorhead, por ejemplo. Es que esa misma prédica tiene que ver más con la épica de los ’80, con algunos toques sinfónicos. “Reconozco que Iron Maiden influyó a Paul Rodgers”, se sincera Gers.


–Sin embargo, entre el público argentino, Iron Maiden es uno de los grupos con más fanáticos. ¿Cómo puede explicar eso?

–No lo sé. No tengo idea por qué somos tan reconocidos, sólo tocamos y logramos, sin dudas, una conexión con el público. Eso puedo notarlo cuando estamos arriba del escenario. Hacemos lo que hacemos y lo disfrutamos. Con el correr de los años, mientras fuimos creciendo, tuvimos mucha suerte. Somos una banda muy honesta y no vamos hacia el cliché de la estrella de rock. Somos tipos normales que tocan música, todos en la banda compartimos la misma idea y eso tal vez pueda ser una de las razones que tenga la gente para ir a vernos.

¡Esos recitales! Hace cuatro días, en este diario, se escribió sobre las figuritas repetidas: aquellas bandas de rock que visitaron la Argentina y fabricaron una relación estrechísima con el público, al punto de sentirse locales. Eso pasa con Kiss, The Rolling Stones, U2 y Oasis, cada vez que pisan suelo argentino. Y también con la Dama de Hierro, que llega al país por quinta vez. “En el show de Buenos Aires vamos a tocar todo lo que tenemos, nuestros clásicos, los temas nuevos. Nosotros nunca repetimos el mismo show en las giras. Siempre es muy bueno ir a la Argentina”, confía Gers.

–En su visita de 2001, después de que tocaron “The Trooper”, Bruce Dickinson comenzó a flamear la bandera británica y el público lo abucheó, ¿repetirán lo mismo esta vez?

–Vamos a tocar “The Trooper” porque es uno de nuestros clásicos. No podemos no tocarlo. Pero nosotros no somos la típica banda que quiere involucrar la política en nuestras canciones. Además, “The Trooper” no tiene nada que ver con la guerra de Malvinas. No quisimos generar problemas cuando Bruce agarró la bandera. Nunca, nunca seríamos capaces de hacer algo así, no fue algo premeditado. Nuestra idea es no lastimar a nadie con algunas expresiones sobre el escenario con la canción. No somos esa clase de banda, la tocamos de la misma manera en cualquier lugar donde vayamos. Recuerdo que hubo una o dos veces que se malinterpretó; pero me parece que hay que tomar a la canción por lo que la canción es.

Una de las características de la banda fue el inconstante ir y venir de los miembros. Sólo Dave Murray y Steve Harris participaron de las grabaciones de todos los discos del grupo. El resto se fue, luego volvió, como si Iron Maiden fuera la primera novia de cada uno. ¿Esa fue la fórmula para mantener al grupo vivo durante casi treinta años? “No creo que Iron Maiden haya subsistido por eso. Nosotros somos músicos que provenimos de otros proyectos musicales, y eso fue juntándose acá, y ahora me doy cuenta de que somos buenos compañeros, somos buenos estando juntos. Cuando Adrian (Smith) volvió, se hizo más interesante el sonido de las guitarras. La clave es poder complementar todo el sonido con el de las guitarras. Y tratamos que la música suene lo mejor posible conforme pasan los años, y eso es lo que intentamos grabar. El hecho de que seamos libres de elegir lo que tocamos nos ha posicionado en diferentes lugares musicales y es lo que mantiene vivo al grupo”, detalla Gers.

–El público que escucha a Iron Maiden dice que el sonido cambió cuando usted ingresó, en 1990 (reemplazó al guitarrista Adrian Smith, que después volvió en 1999). ¿Cree que lideró un cambio en la banda?

–El sonido depende de los músicos. Los cambios se decidieron en conjunto, y se fueron encontrando nuevas variantes. Todas las bandas tratan de mostrarles a los fans el momento que están viviendo realmente, lo muestran a través de los discos y de los conciertos, lo cual está perfecto. Nosotros tenemos una particularidad: nunca seguimos la corriente, nunca hacemos las cosas porque sí. No-sotros hacemos lo que hacemos, no queremos ser artistas, y esa es una de las razones por la que nuestro trabajo es exitoso. Mientras vamos creciendo la música va teniendo cambios orgánicos como uno. Pero creo que lo que empezó a hacer el grupo en sus comienzos es lo que más o menos estamos haciendo ahora. Aunque hemos aceptado caminar por diferentes senderos musicales. Sin dudas, todos los integrantes aportamos algo a ese cambio.

lunes, 2 de agosto de 2010

“Esta banda tiene el espíritu de Pappo”

Nota publicada el viernes 28 de mayo en la sección Cultura y Espectáculos, del diario Página 12, con motivo del tributo a Aeroblus.


Febrero de 1977. Norberto “Pappo” Napolitano, Alejandro Medina y Rolando Castello Junior se juntan a zapar. Noventa días después de haber tocado lo suficiente, deciden ir a grabar esas canciones en los estudios Phonogram. El técnico de grabación se llama Alberto Videla. El estudio está frente al Departamento Central de la Policía Federal. Afuera el aire es pesado. Para algunos, la clandestinidad es el primer refugio. Los amigos atizan un fuego con recuerdos. Todo mal. La Máquina de Hacer Pájaros se pregunta si no es mejor ver películas. El dúo Pastoral canta: “Humanos quieren llamarse ellos, que matan a un ave al volar”.

Hasta ahí, la bronca estaba en las palabras. De alguna manera, “había que inventar un mundo para salir a la intemperie”, como había dicho Luis Alberto Spinetta. Y Aeroblus lo había creado. Si bien la banda fue dejada de lado (hubo duras críticas para el único disco del trío), su influencia regó el jardín del embrionario rock nacional. “Nos criticaron porque estaban de moda los blandos”, se enoja Alejandro Medina, sentado en el patio de su casa. “Si miramos bien aquellos días, no había música pesada, salvo Manal y Pappo’s Blues.” Entonces, ¿Aeroblus era la revolución? “Nosotros no hacíamos política. Hacíamos rock. Pero es verdad, era más denso y más peligroso aquel momento, pero nosotros íbamos y tocábamos, no teníamos problemas. No teníamos armas. Me acuerdo que una vez nos paró la policía porque pensaban que teníamos armas en los estuches...”, detalla el ex bajista de Manal.

Ahora es mayo de 2010. Pappo ya no está. Se oye rock a una cuadra de la casa de Alejandro Medina. El contexto es extraño: casas bajas, dos o tres vecinos caminando, perros que ladran, el timbre de una bicicleta y un silencio que se corta con el solo de batería de “Arboles difusores”. El depósito donde tocan está tapizado de letras de canciones. Garabatos donde, entre tantas otras frases, se puede leer “Sólo sé que nada estoy sabiendo” (¡Pappo había leído a Descartes!). Los músicos están apiñados. Dejan de tocar para la sesión de fotos. “¿Y Castello?”, pregunta uno. “No, viene más tarde, a la noche”, contesta otro. El riesgo de que la luz natural se apague apura el trámite. “Saquémonos la foto igual, total lo que vale es la música”, tercia el dueño de casa, un poco malhumorado por las indicaciones del fotógrafo. Junto con el legendario bajista están Gustavo “Chizzo” Napoli (cantante y guitarrista de La Renga), Claudio Rodríguez (que también había tocado en la formación de Manal del ’94) y Javier Boleda, estos dos últimos integrantes de La Medinight Band, el grupo que tiene el músico nacido en Almagro. Es que además de tributar la obra de Aeroblus con Rolando Castello Junior, el baterista original del grupo (ver aparte), hoy a las 20 en el Teatro de Flores (Rivadavia 7806), tocarán canciones del proyecto solista de Medina y otras cuantas sorpresas.


–¿Por qué decidieron volver a tocar todas las canciones de Aeroblus?

Alejandro Medina: –Aeroblus es una obra. Algo que creamos Pappo, Castello y yo en el año ’76. Pasaron 33 años de la última vez que tocamos juntos, todo ese tiempo de juventud. Yo tenía 26 años, como El Carpo, y Castello tenía tres años menos. Eramos muy pibes. Pero lo de volver a tocar todas las canciones y hacer este tributo nació cuando un día, de repente, me llama Castello desde Brasil y me dice que viene de vacaciones a Buenos Aires entre el 17 y el 30 de mayo. Ahí le propuse volver a tocar todo Aeroblus. Yo ya venía haciendo algunas canciones con La Medinight, así que estaba entrenado. Cuando todo empezó a armarse, inmediatamente lo fui a buscar a Chizzo. Y surgió mágicamente. Yo quiero dejar en claro que nadie viene a reemplazar a nadie. Porque también tocan mis compañeros de La Medinight. El Carpo está espiritualmente presente en estos ensayos. Chizzo fue el único guitarrista en el que pensé cuando surgió lo de Aeroblus, no por el target que tiene, sino porque daba musical y espiritualmente. Además, ésta es una música especial y yo conozco cómo suena y siente cada músico su instrumento. Y cuando surgió lo del tributo enseguida se me apareció la imagen de Chizzo, porque Aeroblus es rock.

Rolando Castello Junior: –Para mí es como si estuviéramos lanzando el disco en vivo después de 33 años. Lamentablemente lo haremos sin nuestro querido Pappo... Pero hay algo que pasa mientras ensayamos, y es que su espíritu está presente.

–Medina, ¿por qué fue Chizzo el primero que se le apareció?

A. M.: –¿Y a quién podía llamar? A ver... (Piensa).

Chizzo (Interrumpe): –No digas nada, mejor (Risas).

A. M.: –Hablando en serio, todos quieren tocar en Aeroblus. ¿Quién no quiere tocar acá? Pero ésta es una banda de hard rock. Aeroblus es un viaje, y no cualquiera puede tener el estilo, la personalidad y la fuerza para estar acá. Yo valoro también la parte humana del músico. Está la parte musical y animal. Y Chizzo sabe lo que yo quiero para Aeroblus. Sabemos que él es un grande. Y yo sabía que si Chizzo no aceptaba, yo lo iba a hacer con mi banda, pero iba a ser otra cosa.

R. C. J.: –A Chizzo lo conozco hace una semana y puedo decir que ya somos hermanos de la música y del rock: además de un excelente guitarrista, es un tipo humano de primera y las canciones suenan muy bien con él; además está Claudio Rodríguez y juntos están haciendo un trabajo excelente con las guitarras. Y encima, Chizzo está cantando muy bien los temas que le tocó cantar. Pero no es sólo Chizzo el que está acá, todos los chicos de La Renga, los del equipo técnico y Tete, el bajista, nos están dando una mano enorme en la realización.

–Chizzo, ¿sorprendió el llamado?

Ch.: –Yo estoy muy agradecido, pero por qué estoy acá lo tiene que contestar Alejandro. A pesar de que la banda abarque un solo disco, lo más importante que dejó el grupo es que cualquiera que escuche el disco se pega un viaje por toda la galaxia. ¿Cuánto significó para la historia del rock nacional? No lo sé, pero para el tipo que la escuche, ahí está la obra, y va a significar lo que signifique. Ellos entregaron música que les salió del alma, sin pensar si la crítica les iba a dar más o menos renglones en un diccionario. Fue un vuelo con la música y nada más.

A. M.: –Chizzo es un artista, un amigo, y tiene el fuego sagrado que necesita un guitarrista para tocar estas canciones; porque él, con La Renga, toca para 100 mil personas y se enganchó con esto, tiene que venir hasta acá desde lejos y lo hace sin problema. Sólo un guitarrista como él puede hacerlo. La simpleza que tiene como persona se potencia con lo que tenemos nosotros.

–Cuando apareció el único disco de la banda, algunos sectores de la prensa criticaron duramente ese proyecto...

A. M.: –Es que era la época de los blandos (risas). Lo desconocido siempre es mal criticado.

Ch.: – Uno va más allá de las críticas. Siempre habrá gente a la que no le va a gustar y a otra que sí. Para algunos va a ser lo máximo, para otros no. Yo no me baso mucho en lo que diga la crítica. Además, esto no sé si es un homenaje, acá pasa por tocar otra vez la obra completa de la banda, es un tributo, es como juntar las generaciones. El recital de esta noche va a ser un encuentro de diferentes generaciones. Y además, el tiempo le dio la razón a la banda. Porque Aeroblus es una banda de rock pesado. Se juntaron tres bestias, tres monstruos. Era el trío perfecto.

R. C. J.: –Yo guardo buenos recuerdos pero que tienen que ver con la música que hacíamos, y la amistad entre nosotros. Estaba la dictadura y era un bajón vivir en esta bella ciudad, con la ley de hinchar las pelotas todos los días. Era una pesadilla vivir acá entonces. Aunque el pueblo era fantástico y la ciudad increíble, era un bajón el día a día. Una mierda: ¡Qué bueno que se fueron, y que no vuelvan jamás!

–Este es un encuentro de diferentes generaciones, ¿qué significó la banda para cada uno de ustedes?


A. M.: –Yo hace varios años que vengo tocando, y estuve en varios lugares. A mí me gusta mucho volver siempre a La Pesada, a Pappo’s Blues, a Manal y a Aeroblus. Mi propuesta siempre fue volver a tocar esas canciones en vivo. Pero mi idea es hacer todas esas canciones, pero hacerlas bien. Y, de alguna manera, agradecer a todo el público que lo puedo seguir haciendo. Por eso Aeroblus es tan importante para mí.

Ch.: –Para mí era una banda donde se habían juntado tres monstruos, tres músicos de mucha personalidad, mucha energía y que congeniaron en hacer ese disco como un rock muy loco, porque en el disco había de todo: temas instrumentales y con mucha garra. Aeroblus tenía eso, que cuando cualquier persona lo escucha, se da cuenta de que no pierde esa crudeza particular del rock. Es un disco que también tiene mucha sensibilidad, con letras muy voladas. Un libro abierto que te enseña todo el tiempo.

R. C. J.: –Para mí es un marco, un punto importantísimo de mi carrera, un gran momento en todos los niveles. Yo siento mucho orgullo de haber formado parte de Aeroblus. Además porque sé que para mucha gente y para muchos músicos jóvenes somos una referencia importante. Además el disco, treinta y tantos años después, suena de puta madre de lo bueno que está.

–¿ Pappo le hubiera dado el visto bueno a este tributo?

A. M.: –Sí, seguro que sí. Las cosas pintan. Me parece que esta música estaba comprimida, estaba esperando el momento indicado para explotar. Hay que recordar que es una banda argentina del año ’76, importantísima para el rock de acá. Está el espíritu de Pappo presente, el mismo que trae la música y la onda que tenemos entre nosotros cuando tocamos las canciones.

Ch.: –Si hubiera estado acá, estaría tocando él. No se trata de ocupar el lugar que tenía en la banda. Este es un homenaje a aquella súper banda que se formó en aquel momento. Hay que tener en cuenta que además ésa era una época muy jodida. El rock estaba mal visto, no era fácil salir a tocar.


Crédito fotográfico: Pablo Piovano

domingo, 1 de agosto de 2010

El espacio pos-Cromañón

Nota publicada en el número 9 de BA Voice

Crear un espacio para la cultura después de la tragedia de Cromañón era una utopía. En algunas palabras, un sueño irrealizable y una tarea de locos. No era nada fácil: se tenía que enfrentar un universo de procesos burocráticos para regularizar la situación de un bar o boliche que abría con un fin artístico. Por aquel entonces, la cacería cultural desatada por el gobierno porteño que encabezaba Aníbal Ibarra se extendió por todo el mapa de la ciudad con un solo objetivo: aniquilar todo vestigio de cultura alternativa. Y con esa medida prohibitiva se dejaba afuera del circuito a centenares de bandas que lo único que querían era tocar música en vivo. Si bien hoy el panorama es distinto, todavía existe una política represiva al respecto. Uno de los casos emblemáticos es el del bar cultural La Castorera, ubicado en el barrio de Colegiales, que tuvo que amagar con un cierre por esos requisitos singulares que pide permanentemente la actual comandancia del gobierno porteño. Sin embargo, aquí presentamos cinco espacios alternativos donde se puede ir a ver y escuchar nuevas bandas y proyectos musicales.

-El Centro Cultural Zaguán Sur está ubicado en el límite de los barrios de Congreso y El Once. El Zaguán, decididamente, es un espacio que se abrió para que tocaran bandas y solistas. Además el costo de las bebidas es barato y accesible. Por allí, cuatro veces al año, se realiza el Festipulenta, un evento donde se presentan las mejores bandas del under. Es el paso obligado para los grupos que están emergiendo y para el público que busca nuevas propuestas musicales. ¿Dónde? Moreno 2320, Once, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (www.zaguansur.com.ar)

-Plasma es un espacio cultural donde, según la página oficial, “El espectador puede disfrutar de la música en sus dos plantas: por un lado, Plasma, es el auditorio del primer piso, con una barra de vidrio anaranjado donde se vende la cerveza más fría de la ciudad. Aquí es donde se desarrolla la programación central. Por otro lado, Plasmita, es el pequeño bar de la planta baja consagrado al desarrollo de los talentos más jóvenes”. ¿Dónde? Piedras 1856, Barracas, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (www.sitioplasma.com.ar)

-En Ultra Bar, además de una copiosa grilla de recitales diarios, se realiza el ciclo “Amigos de lo ajeno”, donde músicos argentinos de la escena under y no tanto, interpretan, en vivo e íntegramente, discos que marcaron época en la música popular nacional e internacional. Durante lo que va del ciclo se reprodujeron álbumes de Andrés Calamaro, Lou Reed, Nick Drake, Patti Smith y Elvis Costello, entre otros. ¿Dónde? San Martín 678, Centro, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

-Le Bar, al igual que Ultra Bar, es uno de los bares que mantiene la llama viva del nuevo rock argentino que se cierne sobre la ciudad de Buenos Aires. Uno de los ciclos más importantes del bar es “Bullicio” donde todos los martes del año se presentan dos grupos nuevos de la Capital y del Gran Buenos Aires. Pero, además, en el resto de la semana hay programas que presentan lo más llamativo del under electrónico. La entrada siempre es gratis para estos recitales. ¿Dónde? Tucumán 422, Centro, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (www.lebarbuenosaires.blogspot.com)